Sólo si hay felicidad en ti, podrás repartir felicidad a otros.

Jesucristo - Mateo 10:8

 

Mientras tomaba un café en un pequeño restaurante de la ciudad, escuché a dos amigas platicar en la mesa contigua a la mía: “Voy a dejar a mi marido porque no me hace feliz” dijo la más joven de las dos. La más madura le preguntó: “Pero, ¿te ha sido infiel acaso, te ha hecho daño, te trata mal?” 

 

“No”. Contestó la joven. “Él es muy buena persona. Simplemente creí que la vida a su lado sería más divertida pero ya llevamos cinco años de casados y no me siento feliz a su lado. No me hace feliz”.

 

Ese comentario desvió mi atención de la lectura que estaba haciendo y empecé a analizar su sentir. ¿En verdad será justo abandonar a la persona que ha sido tu amigo, tu confidente, el receptor de tus más íntimos secretos, de tu pasión y con quien has compartido el lecho conyugal sólo porque “no te hace feliz”?

 

¿No crees que somos parte de una cultura social que nos invita a movernos de acuerdo a lo que el corazón nos dicte? La mala noticia es que ¡nada tan engañoso y sin remedio como el corazón humano! ¿Quién es capaz de comprenderlo?  Hoy se levanta contento seguro de que ganará el mundo entero, al rato se enoja con facilidad; más tarde guarda resentimiento y así sucesivamente. ¿Cómo confiar en el corazón?

 
Confieso que me dieron muchos deseos de cambiarme de mesa y decirle a la chica “Preciosa, nadie en este mundo nació para hacerte feliz. Nuestra responsabilidad como pareja es ser felices de manera individual y compartir ese gozo con nuestro cónyuge. El hecho de que seamos felices o no, depende de nosotras mismas, no de ellos”. Pero no lo hice. Me aguanté.


Mientras pensaba que el amor de pareja no se edifica bajo el fundamento de los sentimientos porque son cambiables, pensaba en Jesús. Recordaba que cuando iba a ser entregado para ser lacerado y morir en una cruz, sintió su alma desfallecer. La historia nos narra que sudó sangre e incluso se dirigió a Dios diciéndole “Padre, si puedes, aparta de mí esta copa (refiriéndose al calvario que estaba por venir), pero que no se haga mi voluntad sino la tuya ”. Jesús no sentía felicidad, pero su amor por la humanidad era traducido como compromiso, no como sentimiento. Tomó la decisión de poner toda su fuerza bajo control, y no se dejó dominar por lo que sentía. Su amor y fidelidad cambiaron el rumbo de la historia y gracias a eso ahora, al morir, podemos disfrutar de la vida eterna junto a Él.


De él he aprendido a amar. Sobre todo a mi marido. La vida de Jesús ha sido una intensa enseñanza sobre cómo no poner en los demás, la responsabilidad que me corresponde a mí. 


No nos casamos poniendo sobre el otro, la carga de hacernos felices. Para muchos, cuando las cosas no van bien, ven que divorciarse es la única y más fácil solución. El amar verdaderamente, no es fácil. Dar amor y perdonar incondicionalmente, no es fácil. Vivir, asumiendo las experiencias y las circunstancias como son, y enfrentarlas juntos y ser feliz pese a los problemas, no es fácil, pero en definitiva, sí es posible. Cuando nuestro ser se nutre de la fuente de amor correcta, nuestro corazón rebozará de gozo.

 

La felicidad no depende de prosperidad económica, ni de escasez. Tampoco de salud o enfermedad o de sentirse ofendido o no. La felicidad es una decisión que corresponde a cada uno desarrollar y compartir con nuestra pareja para enriquecer la vida juntos. A eso, se le llama madurez.

 

Y tú, ¿qué piensas de esto?


Jeremías 17:9
Lucas 22:42